Decía Kipling que la victoria y la derrota son dos impostores a los que hay que saber tratar de la misma manera. Al que lo consiguiese, este le otorgaba la Tierra y todo lo que hay en ella por lo tanto tarea ardua la que había que realizar. Encajar una victoria es sencillo, no hay euforia mayor que poder levantar los brazos tras casi 300 kilómetros de esfuerzo así que afortunado uno entre unos cuantos más de dos cientos. El problema es cuando tras 291.000 metros de carrera la pierdes por uno o dos de ellos.

El carácter de cada uno es el que permite encajar mejor o peor la derrota más duramente llamada fracaso. El frío temperamento inglés permitió que cuándo aún Arnaud Demare no había bajado los brazos Ben Swift ya le ofrecía su mano para felicitarle. Pero un corredor como Bouhanni, conocido por su agresividad y contrastada por su activa práctica de un deporte tan violento y agresivo como el boxeo, ¿como iba a tomarse perder la gran oportunidad se su vida? Pues practicando boxeo con el manillar que es el que pagó la frustración del corredor franco-argelino.

Otra de las caras de la derrota más visibles fue la del colombiano Fernando Gaviria. Entró en meta llorando consolado por su compañero Gianluca Brambilla. Nada podemos reprochar al sentimiento que más humaniza a nuestros ídolos, el dolor de la derrota simbolizado en las lágrimas que se derramaban de los ojos del joven colombiano. Y más en su caso, debutaba en San Remo y la Via Roma casi le lleva a hombros hasta Colombia. Nunca un corredor cafetero ha levantado los brazos en la Classicissima y Fernando Gaviria la corría por primera vez, por lo tanto se hubiera tratado de todo un hito. Encima tal y como mostró luego en Twitter el ciclista también se sentía dolido de arruinar las opciones de compañeros de fatigas como Fabian Cancellara o Peter Sagan.

Ejemplificando la derrota en estos dos casos más todos los que entraron cabizbajos en meta tras perder el esprint afortunado eres querido Demare de levantar los brazos en un deporte tan bello como el ciclismo.