Estamos concluyendo el año 2016, un año que parece haberse cebado en gran medida con las grandes figuras internacionales, y que en sus últimos coletazos del mes de diciembre ha decidido herirnos aún más el corazón a los aficionados ciclistas, tras el adiós de uno de los más grandes de la historia, el suizo Ferdinand Kübler.

La despedida de este ex corredor, nacido en Marthalen, no se trata de una cualquiera. ‘Ferdi’ (así se le conoció) fue el primer ciclista suizo ganador del Tour de Francia. Además, ha tenido el honor de ser, hasta hoy, el vencedor de la ronda francesa más antiguo aún en vida. El helvético formó, junto a su compatriota Hugo Koblet, una dupla suiza que copó y dominó la entrada de los años ’50 en el panorama ciclista, que se impuso con elegancia y temperamento a partes iguales tras la miseria de la segunda guerra mundial y que, sobre todo, le robó el protagonismo a la hasta entonces mágica y desgastada dupla transalpina formada por Coppi y Bartali.

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Kübler (izquierda) junto a Koblet (derecha), son aún los únicos suizos vencedores de la ronda gala.

Kübler y Koblet, las dos “K” del ciclismo, triunfaron siendo completamente la antítesis el uno del otro, compartiendo entre ellos no más que la nacionalidad. Compararlos con la dupla italiana sería tan fácil como injusto, pues su estilo y forma de correr bien difieren de la de los transalpinos, pues ellos también fueron únicos y por ello merecen mención aparte.

Koblet era presumido, elegante, discreto, callado y reservado, tanto en la carretera como fuera de ella. Si finalizaba una etapa por delante de sus adversarios, lo mejor que se le ocurría para “hacer tiempo” era sacar su peine del maillot y arreglarse su fantástico flequillo, imagen usual en el Tour del ’51, el que se llevó. Nunca perder la elegancia ni tampoco la compostura, o quizás se trataba del pensamiento “gano sin despeinarme, y que lo vean todos”.

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Koblet, presumido como él sólo, nunca perdía ni su imagen ni su elegante compostura.

Mientras tanto, nuestro protagonista de hoy, Kübler, era temperamental, enrabiado en carretera, chillón y, sobre todo, hablador. Un tipo al que valía más no retarle o provocarle, pues si algo se proponía o se le metía entre ceja y ceja, era prácticamente seguro, a ciencia cierta, que lo iba a cumplir.

En 1950, Ferdinand fue el dominador de las carreteras francesas. Estaba siendo el hombre más en forma de aquella “Grande Boucle”, y aquello prácticamente nadie se lo podía discutir. Sólo había un hombre, un francés no poco conocido entre el aficionado ciclista, que le quitaba el sueño. Ése era Louison Bobet, un joven aprendiz de panadero que, tras la postguerra, apareció como la gran esperanza entre su público para devolver la gloria a su país.

Kübler parecía tenerle dominado, pero Louison renació en los Alpes, se exhibió en las míticas rampas del Izoard y atravesó en solitario, como todo gran campeón, por la desértica Casse Déserte. El helvético apareció por detrás, minutos después, enrabiado, salivando, puede que incluso entre lágrimas, chillando y maldiciendo a su rival. Su ira y su temperamento le llevaron a recortar distancias y a perder poco tiempo en meta. No sólo eso, sino que al día siguiente avisó a Bobet de que quería tomar venganza, le pegó un hachazo desde lejos y sentenció el Tour. Un Tour que ganó a su estilo y dejando su sello de marca personal: ganado a base de rabia, a grandes esfuerzos y puede que incluso a trompicones. Así era Kübler.

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Kübler (izquierda) posa junto a su gran rival, Louison Bobet (derecha), tras finalizar el Tour de Francia de 1950.

No sólo nos acordamos de él por su victoria en el Tour, por su Mundial, por sus clásicas o por sus campeonatos suizos, sino también por su pasión desenfrenada con la que vivía el mundo de las dos ruedas.

Su temperamento bien le valió el apodo de “El loco pedaleador”. Un hombre de rasgos marcados, de sangre hirviente, una sangre en la cual estaban grabados el ciclismo y, en especial, el Tour de Francia.

Si le hemos echado en falta es porque este pasional suizo plasmaba en la carretera los valores de antaño que ahora tanto añoramos: ganas, ataque, fuerza, pasión, genio, rabia y espectáculo. Tanto era así que hasta era capaz de descender los grandes puertos pirenaicos y alpinos sin frenos, en el caso de querer atrapar a sus rivales o, por el contrario, distanciarse de ellos. Lo que hiciera falta con tal de ganar, ésa era su actitud.

Ahora se nos ha ido esta mítica figura que, ya sea por sus más o sus menos, para mejor o incluso para peor, será recordada por su distintivo carácter plasmado sobre la carretera. Desde aquí os hemos intentado acercar, un poquito más, parte de su retrato profesional y personal, con el fin de haceros entender el porqué de su magnitud e incluso la capacidad de comprensión ante el dramatismo que supone su pérdida.

Éste era Kübler y así lo aceptamos y lo recibimos, recogemos su testigo y aprenderemos de ello para aplicarlo y plasmarlo en todos los aspectos de nuestras vidas, ya que ojalá las pudiéramos llegar a vivir con una tercera parte de la pasión e ilusión con la que él veía, vivía y sentía la bicicleta.

Hasta siempre, Pirata.

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