En los dos últimos años, Peter Sagan me ha levantado del sillón una y otra vez. Me he quedado anonadado con sus ataques, con sus victorias y con su entrega y coraje encima de la bicicleta. Era imposible no sentir una alegría inmensa cuando Sagan se proclamó campeón del mundo en Richmond. Tras un año plagado de segundos puestos donde nada le salía al eslovaco, ganar el campeonato del mundo fue una liberación, para él el primero, sin duda, pero también para los amantes del ciclismo. Aquel Sagan, que al año siguiente arrasó en prácticamente cada carrera que corrió, era un chico admirable. No desesperaba. No paraba de intentarlo. De atacar. De honrar el maillot que llevaba puesto.

Pero, como se ha podido observar, el segundo campeonato del mundo no le ha sentado bien al ego de Peter. En parte es entendible: se ha pasado un año arrasando allá donde iba y remató la temporada con otro Mundial. Es normal que en algún momento te sientas invencible. Ahora bien, hay que tenerle un respeto al prójimo. No puedes (o debes) tratar a Niki Terpstra, todo un vencedor de la Paris-Roubaix, como a un don nadie. Ni en la carretera ni ante la prensa. En la última Gante-Wevelgem, Sagan decidió que prefería amargarle la carrera al holandés antes que pelear por la victoria. Dejó ir a Greg Van Avermaet y a Jens Keukeleire, y se quedó con el ciclista del Quick-Step. “Hoy decidí quién no ganaba la carrera”, dijo Sagan después, en un arranque de autosuficiencia propio del mejor Fabian Cancellara. Efectivamente, el campeón del mundo decidió quién no ganaba la carrera: él mismo. Por mucho que Terpstra no quisiera relevar, lo cierto es que el bicampeón del mundo tenía la Gante-Wevelgem (la que hubiera sido su tercera victoria en esta clásica) en el bolsillo. En el sprint no habría tenido rival y, sin embargo, prefirió no ganar para dar una exhibición de bravuconería y chulería. Trató después de atacar a Terpstra e irse sólo a por Van Avermaet y que la lección fuera del todo humillante, pero no pudo. El corredor del Quick-Step no dejó que se marchara y Sagan quedó, parcialmente, en ridículo. El acabose se produjo ante los micrófonos de la prensa cuando, visiblemente enrabietado, se puso a fardar y a decir que el había sido el juez de la carrera. Razón tenía, desde luego. Pero córtate un poco, hombre, que no eres el único que ha ganado grandes carreras. En el fondo, Sagan sabía que había perdido la carrera por su culpa pero, en vez de reconocer su error, prefirió hacer de víctima. No es tonto, y sabe que si Terpstra hubiera colaborado en los relevos habría aspirado, como mucho, al segundo puesto. Normal que el holandés no quisiese trabajar, más aún teniendo en cuenta que tenía a sus compañeros Tom Boonen y Fernando Gaviria en el grupo de detrás. Terpstra hizo su carrera, la que tenía que hacer. Sagan no, y no hay más historia.

Es Sagan el que porta el maillot arcoíris por segundo año consecutivo. ¿Qué espera? ¿Que lo ayuden? Lo lleva crudo si cree que, con actuaciones como la del otro día, va a lograr cambiar la actitud de sus rivales. Es el mejor, y eso no lo duda y discute nadie. Ahora, perderá muchos seguidores si continúa mostrando esta actitud chulesca, como perdió su tercera Gante-Wevelgem el pasado domingo. Su rueda es la rueda a seguir. No cabe duda de que debe ser frustrante ver como nadie te quiere dar un relevo. Pero el ciclismo es así, lo ha sido siempre y Sagan, una leyenda en activo de este deporte, debería saberlo.

Slovakia's Peter Sagan came second for the fifth time at the 2015 Tour de France

Espero que el Peter Sagan de esta última imagen no se haya marchado. Aquel chico que recibió, merecidamente sin duda, los elogios de toda la comunidad ciclista. Por aquel entonces sí se hubiera entendido y perdonado una declaración fuera de tono o un mal gesto. Pero no lo hizo. Siguió trabajando, luchando y peleando, y poco después llegó la recompensa. Quizás merezca la pena verle perder un poco si así vuelve a ser aquel corredor que encandiló, dentro y fuera de la carretera, a todos y cada uno de los aficionados del ciclismo.