Un ciclista y una colina revivieron en el pasado y extraordinario Tour de Flandes. Philippe Gilbert, uno de los mejores clasicómanos de la historia del ciclismo, mostró un nivel competitivo que hacia años no se veía en él y que, desde luego, parecía perdido. Fue sin cadena durante todo el día, y logró una de las mejores victorias que se recuerdan en De Ronde, completando en solitario, tras atacar en el Oude Kwaremont, los últimos 55 kilómetros de la carrera. Y su victoria se fraguó, en buena medida, en una escapada que se produjo en el Muur a casi 100 kilómetros para el final, muro que regresaba a la carrera belga por excelencia seis años después de su última aparición en esta prueba. Pese a estar situado a más de 90 kilómetros para el final, el Kapelmuur resultó decisivo en el desenlace del monumento belga. Por lo tanto, de este último Tour de Flandes se pueden sacar dos conclusiones bien claras:

Hay que respetar la historia de las carreras: innovar está bien siempre y cuando se respeten ciertos parámetros históricos. Quitar el Muur del Tour de Flandes (alegaron motivos de desgaste y preservación del terreno o no se qué, pero continuaron poniéndolo en otras pruebas menos importantes) es el equivalente a quitar el Poggio de la Milán San-Remo o poner la meta de la Flecha-Valona fuera del muro de Huy. La simple presencia de estos lugares otorga a estas carreras un aura especial. En esas carreteras, y no en otras, se han retorcido ciclistas durante años y años, y por muchas ganas que tengas de innovar o de descubrir otros recorridos, hay ciertas cosas que no puedes tocar. El último Tour de Flandes es la mejor prueba de ello. Por muy lejos que estuviera de meta, el Muur fue decisivo. Y, si en vez del Muur hubiera sido cualquier otra cota, es probable que no hubiera sucedido nada. Porque el Muur es el Muur, igual que el Cauberg es el Cauberg y el Poggio es el Poggio. La historia del Tour de Flandes, de la Milán San-Remo, de la Amstel Gold Race o de la Flecha Valona no sería la misma sin estos lugares, que no son otra cosa que santuarios ciclistas. Hay cosas que hay que respetar.

El Tour de Flandes se decidió, en buena parte, en el Muur, situado a más de 90 kilómetros para el final. © BrakeThrough Media

No se puede enterrar jamás a un grande del ciclismo (o de cualquier deporte): si en el pasado demostró ser el mejor o de los mejores, fue por algo. Es probable que fichar por BMC lastrara a Gilbert, aunque suene ventajista decirlo ahora. No se puede decir en absoluto que su paso por el conjunto americano fuera un fracaso ya que, entre otras cosas, logró ganar un Mundial, una Amstel Gold Race, tres etapas en la Vuelta a España y otras dos en el Giro de Italia en sus años en el BMC pero si es cierto que, tras su fantástico 2011 donde consiguió el famoso triplete en las Ardenas (entre otras muchas cosas), debió quedarse donde estaba, en el por entonces Omega Pharma-Lotto (ahora Lotto-Soudal) o haber fichado ya por Quick-Step, donde ha recuperado su mejor nivel. Gilbert se ha encontrado a si mismo en las carreras con piedras, que dejó a un lado tras fichar por BMC. Pero aquí está, a sus 34 años, logrando la mejor victoria de su carrera deportiva. Nunca hay que “enterrar” a los mejores.

Legendario. Philippe Gilbert pasará a la historia como uno de los mejores clasicómanos de la historia. ©