Epílogo

El anuncio de la retirada de un ciclista que nos gusta no hace sino recordarnos que todo en la vida tiene un final. Todo. Uno puede pretender estar preparado para ello cuando ya se lo ve venir, pero la realidad siempre es rotunda y aplastante, es imposible de imaginar o de prever y, aunque no lo queramos, siempre duele.

Llegar al epílogo de un libro que te gusta, ese momento final, esas últimas páginas, siempre produce una mezcla extraña a la vez que interesante de sensaciones. Si te estaba gustando, no quieres que llegue el momento de terminar, pero aún y así la sed y la curiosidad por conocer el desenlace final de la trama pueden con uno mismo y hacen que el lector se lance a devorar las últimas páginas del libro o novela en cuestión.

Es triste que acabe, porque te ha acompañado durante varios días o incluso semanas, ha sido parte de tu día a día y ha sido también el protagonista indiscutible de tus ratos libres e incluso de tus largos trayectos en el metro, en el autobús o en el mismo tren.

Una vez acaba, deja un vacío grande, que en el momento escuece y parece imposible de volver a ocupar. “¿Cuál será el próximo libro?” “¡Seguro que no será como el otro!” Y es que ahí está la gracia. Las expectativas con las que partimos son muy altas, y nos va a costar apreciar otras historias realmente buenas, porque vamos con el recuerdo de aquello que tanto nos hizo disfrutar. Y esa sensación es muy humana y absolutamente normal. Pero la parte positiva es que se va desvaneciendo con el paso del tiempo y dejará paso a un dulce sabor de boca, el del recuerdo, que por mucho que pase nos acompañará y nos dibujará una sincera sonrisa en la boca. Y lo que tenga que venir será diferente y especial, y aprenderemos a disfrutarlo como lo que es y no como lo que creemos que debería o podría ser.

El epílogo de Alberto Contador será en su casa. Es la mejor forma de hacerlo. Es un hombre que sabe lo que hace, y tiene una misión entre manos. Nadie duda de lo preparado y concienciado que está. Tenemos la garantía de que lo dará todo, y eso, damas y caballeros, no tiene precio. Sabemos que tendremos espectáculo asegurado y también tendremos la oportunidad de ser conscientes de ello y disfrutarlo al máximo.

Como él bien dice: “no lo digo con tristeza”, vamos a hacerle caso. Vamos a intentar no estar tristes y disfrutar de lo que le queda como profesional. Porque su carrera tiene muchos más motivos para estar alegres que para sentirnos alicaídos, ¿verdad?

Cada pueblo, carretera, cuneta y ciudad que atraviese la próxima Vuelta a España va a tener el privilegio de despedirle. Y eso es todo un regalo y debemos sacar provecho de ello. Los que no tengan esa suerte, lo harán como puedan desde la distancia.

En algunas culturas, un adiós no es algo triste. Es un momento feliz, un motivo de celebración, en este caso de una gran carrera, de una década y media a reventar de momentos de felicidad y de pasión. Una historia así merece una despedida a su altura y no deja lugar al pesimismo. Todas las lágrimas que se derramen deberán ser el reflejo de la emoción, de la alegría y de la propia conciencia del privilegio que hemos tenido de verlo con nuestros propios ojos, al ser los grandes beneficiados de haber sido contemporáneos de la época del ciclista pinteño.

Lo hermoso de la vida humana es la capacidad de sentir y de hacer sentir. Es lo que nos convierte en unos seres vivos maravillosos y es el motor de nuestras vidas. Alberto Contador nos ha hecho sentir muchísimo durante estos años, ha hecho cosas que ya apenas se ven. Todo eso ha calado hondo en el aficionado y le produce un sentimiento de apego muy intenso, pues acompañarle en esta larga travesía, en su odisea profesional y a veces personal, ha sido un auténtico lujazo y una pasada. Alberto, vaya huevos tienes.

Un hombre, una bicicleta, dos piernas y un baile enamoradizo sobre las dos ruedas. Dos golpecitos al pecho, seguidos de un disparo al frente. Una sonrisa grande, blanca y roja, brillante y deslumbrante. Unos ataques de locura, a veces con premio, otras sin él, pero siempre con todo el honor, el reconocimiento y la gloria posible.

A ser posible, que estas señas de identidad nos acompañen en la memoria por siempre jamás y nos recuerden, en los momentos en los que pensemos en abandonar algún reto, que una vez hubo alguien que pensó que, mientras estuviéramos a tiempo, siempre, siempre se podía hacer algo más. Toda una inspiración de vida.

Gracias por todo, campeón.

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