Por el mal camino

Salvo que lo evite el próximo domingo en la Paris-Roubaix, y parece realmente difícil, Peter Sagan cerrará la temporada de clásicas de pavés con una sola victoria: la Gante – Wevelgem, la carrera de un día que, al igual que el Mundial, ha ganado en tres ocasiones. 

Sin embargo, y repito que hay que esperar a los acontecimientos que acaecerán el próximo domingo, parece mentira que a sus 28 años Sagan sólo cuente con un Monumento en su palmarés. Todavía no ha logrado vencer en la Milán – San Remo, carrera que le viene como anillo al dedo, en la Roubaix consiguió en 2014 un 6º puesto que es, hasta la fecha, su mejor resultado en la clásica por excelencia del ciclismo y en el Tour de Flandes, aquí sí, se hizo con la victoria en 2016. Cuando ganó De Ronde hace un par de temporadas, Sagan no estaba cansado de que todo el mundo estuviese pendiente de su rueda. Quizás ayudaba la presencia de Fabian Cancellara, que andaba por entonces en su último año en el ciclismo, con el que compartía protagonismo, pero lo cierto es que el campeón del mundo ya era un ciclista tan vigilado como el que más y le daba igual. Hacía su carrera. Atacaba. A veces ganaba, otras no. Pero se vaciaba en el intento. Aquel Sagan era un ciclista espectacular. Junto a la mejor versión de Alberto Contador, el mejor que yo haya visto.

Algo cambió en la cabeza de Sagan tras perder ante Michal Kwiatkowski la SanRemo del año pasado. Dijo basta. Algo así como “paso de hacerlo yo todo para que me rematen al final”. Y a ver, es lógico. Su cabreo es razonable. Y humano. Todos en su situación estaríamos enfadados. Pero parece que Sagan no se ha enterado de que si le vigilan es por algo. Que no voy yo dando pedales, vamos a ver, que es que estamos hablando de un tío que lleva tres años consecutivos vistiendo el maillot arcoíris. Las pocas veces que sus rivales le han tratado como a uno más en los últimos años (en el Mundial de Bergen o en la reciente Gante-Wevelgem) les ha barrido sin piedad. Pues chico, que quieres.

¿Dónde está este Peter Sagan? ¿El Sagan que, pese a que le costaba un mundo ganar, ponía en pie a todos los aficionados cada vez que se ponía un dorsal?

El domingo, tras finalizar 6º en el Tour de Flandes, Sagan volvió con el discurso que últimamente emplea siempre que no gana: “corren todos pendientes de mí”, “no puedo batir al Quick-Step yo sólo”… etcétera etcétera. Lo primero de todo, es mentira. Van Avermaet atacó en el Taainenberg y Benoot se zampó el Viejo Kwaremont él solito. Gilbert, con Terpstra por delante, secó el primer ataque de Sagan camino del Pateberg, donde ya sí se fue sólo. Pero era tarde. Terpstra se había ido. Y después, en el llano, se dejó cazar.

Vamos, que Sagan no tiene excusa. Esta vez no. Tiene que asumir de una vez por todas que el resto van a mirar su rueda siempre. Enrabietarse no le va a valer absolutamente para nada. En las clásicas de pavés, y más en el estado en el que se encuentra el Quick-Step, siempre va a haber alguien al que cazar. Si quiere volver a ganar un Monumento, Sagan tiene que volver a su versión del 2015-2016; yo, ataco. Si me sigues, bien. Me va a dar igual, porque te voy a atacar otra vez, Y luego otra. Y después reventarás. O lo haré yo, pero lo volveré a intentar en la próxima carrera.

Campionati del Mondo Doha 2016

¿Cómo no van a mirar la rueda de un triple campeón del mundo? © Bettini Photo

Cuando Sagan es Sagan, y no esta versión quejica y un tanto cansina y lamentable del campeón del mundo, yo soy el primero al que se le cae la baba viéndole correr. Es más, y no lo digo por apuntarme un tanto, yo fui de los pocos que defendía a Sagan en su época más difícil. En Richmond pocos se alegraron más que yo. Y, además, su visión del ciclismo coincide con la mía: el espectáculo es, en ocasiones, más importante que las victorias. Y estoy de acuerdo. Muy de acuerdo. Por eso le pido a Peter Sagan que se aplique el cuento.