Una “Fuente” inagotable

Hay ocasiones en las cuales sentimos que nos esforzamos, que sudamos fruto de estar dándolo todo. Somos aquel que a base de empeño y sin pedir nada a cambio se entrega, se sacrifica y se deja el alma en el camino por lograr un sueño. No basta con acariciarlo con las yemas de los dedos; necesitamos cogerlo, sentir con seguridad que de entre las mismas falanges, puño cerrado a viva fuerza, no se nos va a escapar. Que lo tenemos. Que es nuestro.

Cuando esto último no ocurre, nos sentimos vacíos. Creemos que hemos fallado. Comenzamos a mirar hacia nuestro alrededor y, aunque suene mal decirlo, nos consuela comprobar que tal vez otros tampoco lo han logrado. Rápidamente creemos -sea o no cierto- que tal vez nuestro fracaso no sea para tanto si el resto tampoco tampoco lo ha logrado realizar. Pese a ese engaño mental que creamos para sentirnos mejor, en el fondo estamos hartos de habernos sacrificado tanto para recibir tan poca compensación a cambio.

Así que al final no resulta extraño que sin pretenderlo nos convirtamos en admiradores de aquellos que, en su caso particular, luchan y no desfallecen ni bajan los brazos ante sus objetivos, a pesar de recibir un revés detrás de otro. Es una simple cuestión de empatía. Lo logren o no, volverán a intentarlo y por ello les aplaudiremos, porque en el fondo vemos en ellos reflejada también nuestra propia lucha personal, y ello nos animará a tomar ejemplo y a aprender que nunca debemos permitirnos a nosotros mismos decaer. Queremos y deseamos que estas personas triunfen, que alcen los brazos. Eso nos hará creer que si nosotros luchamos, si insistimos también hasta el puro agotamiento, tal vez algún día también lo lograremos.

En 1974, José Manuel Fuente, “El Tarangu”, se encontraba en la cúspide de su intensa y al mismo tiempo breve carrera deportiva. Tras haberse impuesto por la mínima en lo que supuso su segunda Vuelta a España, se presentó tan solo 4 días después en la salida del Giro de Italia con las máximas aspiraciones. Allí iba a enfrentarse a un tal Eddy Merckx, quién le derrotó claramente en la carrera transalpina dos ediciones atrás. El espectáculo estaba garantizado.

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En 1972, Merckx, vestido de campeón mundial, mostró su superioridad en el Giro, ante un Fuente que llegó a vestirse de rosa. Mucho más tendría que sudar el belga para repetir triunfo 2 ediciones después.

Fuente se mostró desde un inicio mucho más sólido y fuerte que entonces, imponiéndose ya en la 3ª etapa con final en Sorrento y vistiéndose de rosa. Consolidó el liderato aumentando su renta de tiempo a 2:21 sobre Merckx tras imponerse también en el Monte Carpegna y en Il Ciocco.  

A pesar de aquellos 3 triunfos parciales y de la amplia ventaja acumulada, a “El Tarangu” aún le faltaba superar la prueba de fuego: la contrarreloj individual en Forte dei Marmi, de 40 kilómetros y correspondiente a la 12ª etapa. Allí se exprimió e hizo válido su colchón para mantenerse como líder por tan solo 18 segundos. Fue 12º clasificado de la etapa, dejándose poco más de 2 minutos respecto a El Caníbal, vencedor del día. Teniendo en cuenta su clara inferioridad en el terreno, Fuente consideró aquello la mejor crono de su vida. Por delante, casi todo lo que restaban eran etapas montañosas, terreno en el cual ya se había mostrado dominante. Lo peor parecía haber pasado ya para él. Era el momento de los Alpes y de los Dolomitas. Aquello no debía escaparse.

Tan solo dos días después de aquello, llegó el desastre. En la 14ª etapa, el asturiano sufrió una terrible pájara, tal vez la mayor que se le recuerda, o quizás la que más cara llegó a pagar nunca. Se trataba de una jornada fría, en la cual se iban intercambiando rachas de nieve con otras de lluvia. Fuente pecó de sentirse poderoso y tiró durante varios kilómetros de un pelotón que andaba detrás de una escapada que para nada ponía en peligro su liderato.

Llegados a la ascensión a Langa, se descolgó rápidamente del grupo principal. La hecatombe estaba consumada, ya no había forma de remediarlo. Fueron más de 10 minutos los que se dejó en meta. Tras haberse acercado en la contrarreloj, Merckx se vestía, ahora sí, de líder. El drama resultaba importante, pues la situación parecía estar bajo control.

Desde aquí hasta la conclusión de la carrera, el recital de Fuente fue constante. Lo dio todo por remontar y por demostrar que era el hombre más fuerte de aquella edición. Se llevó la 16ª etapa tras el ascenso al Monte Generoso, y recortó más de 2 minutos. Al día siguiente, llegó escapado junto a su compañero de equipo Santiago Lazcano, a quien dejó vencer, y le arañó otro puñado de segundos al líder.

Cuando el Giro llegó a las Tres Cimas de Lavaredo, “El Tarangu” mostró toda su clase para llevarse una preciosa victoria, su quinta en el casillero personal de triunfos en la carrera transalpina aquel año. Logró quitarle cerca de 2 minutos más a un Merckx que lo iba dando todo día tras día, tratando de defender y administrar su renta.

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El mismísimo Eddy Merckx tiene que exprimirse al máximo para no ceder demasiado tiempo ante Fuente en la ascensión a Tre Cime di Lavaredo.

Tan solo quedaba una etapa de montaña. La diferencia con el líder se había reducido a algo más de 3 minutos. Era el momento del todo por el todo. El terreno ofrecía 5 duras ascensiones, casi 200 kilómetros de desgaste y un durísimo final tras descender el Monte Grappa. Todos tenían asumido que Fuente iba a morir atacando.

De esta forma, Fuente puso a todo el equipo Kas a trabajar en busca de desgastar a los compañeros de Merckx en el Molteni. A la llegada al temido Monte Grappa, las previsiones se cumplieron y el asturiano se marchó en solitario. La renta lograda llegó a superar los 2 minutos, algunas referencias hablaban incluso de un virtual cambio de liderato, cosa que ponía el desenlace de la carrera al rojo vivo.

Llegados al tramo de descenso de 5 kilómetros hasta la meta en Bassano del Grappa, el escapado fue cazado por el resto de favoritos, incluído Merckx. Fuente no daba crédito ante aquello, algo fallaba. Al término de la etapa, no dudó en quejarse, no le cuadraban las cuentas, y argumentó que no era posible que en un tramo tan corto le hubieran podido recortar toda la ventaja obtenida en el ascenso. Según él, tal vez se trató de una equivocación en las indicaciones de las direcciones, cosa que explicaría que le hubieran cazado tan repentinamente. Sin embargo, otras teorías apuntan a que todo se resumía en un error en los tiempos virtuales de etapa, y que “El Tarangu” nunca llegó a distanciarse tanto de los demás favoritos.

Sea como fuere, lo cierto es que Merckx se llevó aquella etapa y al día siguiente fue de nuevo campeón del Giro. A pesar de no ganar, Fuente fue rey de la montaña, y su equipo fue el mejor en la clasificación por escuadras.

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La aparente mirada perdida no es en absoluto reflejo de la auténtica realidad interior que debemos saber leer entre líneas: una fija determinación en busca de la consecución de un objetivo muy claro.

Lo que nadie le podía quitar era el increíble espectáculo que había ofrecido casi a diario durante aquellas 3 semanas. Fue algo totalmente fuera de lo común. Jugando con las palabras y con su nombre, podemos hablar de una “Fuente” inagotable. Por muchos años que pasen, el Giro de 1974 se recordará siempre como la mayor exhibición de talento, espectáculo y ataques del asturiano. Lo tuvo ahí. Lo que separó a José Manuel Fuente de la gloria italiana fue algo tan sencillo y a la vez tan odioso como una simple pájara.

En escasos días arrancará una nueva edición del Giro de Italia, la número 101. No volveremos a insistir en lo grandiosa de su leyenda, ya que seguramente el lema de este año, “Amore Infinito”, hable ya por si solo. Eso sí, conociendo relatos como el de hoy, y ya que pedir es gratis, nos gustaría pedir un gran espectáculo. El máximo que sea posible. Queremos pasarlo bien y disfrutar, no solo de los rústicos paisajes transalpinos, sino también de unas bonitas disputas de etapa día tras día.

La que también habló por si misma fue la admirable entrega de Fuente durante aquellos intensos y emocionantes días. A él seguramente jamás le consoló, pero ahora mismo muchos desearíamos tenerle delante para hacerle ver precisamente que nos acordamos de su legado, que admiramos su lucha y su entrega y que realmente nos emociona mucho más que otra cosa ver lo que hizo día tras día, más allá del resultado que obtuviera. Casi que nos da un poco igual, la figura de héroe trágico también se engrandece gracias a historias como la narrada.

Y por qué no, ya que estamos, aprovecharíamos también para darle las gracias y recordarle que fue un tío grande.

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Cuando atacar no era suficiente, el remedio era sencillo: volver a atacar. A Fuente, un tipo superdotado para la montaña, no le valían otras tácticas que no fueran darlo todo y sentir, ya fuera como vencedor o como vencido, que lo había dado todo en el intento y que al término del día, al hacer valoración del mismo junto a la almohada, concluir que no podía reprocharse absolutamente nada.