Si el hombre vive es porque cree en algo

23 de enero de 2016. John Degenkolb, junto con cinco compañeros del Giant-Alpecin, su equipo por aquel entonces, se disponía a salir a entrenar en la cálida Alicante, refugio de ciclistas en temporada invernal, para preparar el inicio de una temporada que se antojaba victoriosa. El año anterior, el esprinter alemán había realizado una campaña de clásicas antológica, ganando la Milán San-Remo con un esprint memorable y la Paris Roubaix tras una exhibición individual. Además, a final de año, en Madrid, había sumado su décima victoria de etapa en la Vuelta a España, la carrera en la que se dio a conocer al mundo en 2012, cuando logró nada menos que cinco triunfos parciales. Sin embargo, aquella mañana de 2016 su vida dio un giro de 360 grados. Una conductora inglesa atropelló a Degenkolb y a sus compañeros. El alemán sufrió multitud de golpes, cortes en las articulaciones y no perdió el dedo meñique de su mano izquierda de milagro. Fue el peor parado. Chad Haga se fracturó de la órbita de un ojo. Warren Barguil, la muñeca. Max Walscheid se rompió la mano y la tibia. Fredrik Ludvigsson y Ramon Sinkeldam salvaron el accidente y “sólo” tuvieron contusiones.

El 25 de enero, Degenkolb fue operado. Su dedo fue reimplantado y comenzó la rehabilitación. Por supuesto, se perdió la campaña de clásicas, donde su rueda iba a ser la rueda a seguir. Volvió a ponerse un dorsal en el Tour de California, en mayo. Cinco meses después de su terrible accidente, Degenkolb volvió a sentirse ciclista profesional. Consiguió ser octavo en una volata y de California se fue hasta Francia para disputar el Dauphiné, donde volvió a ser octavo en una etapa. De allí, al Tour. Pese a estar a años luz de ser el ciclista que había sido en los años anteriores, Degenkolb fue capaz de firmar dos cuartas posiciones en la grande boucle. Durante aquel Tour se anunció que la siguiente temporada correría en el Trek-Segafredo. Tras cinco campañas en el Giant-Alpecin, el equipo que le elevó a los altares del ciclismo, Degenkolb cambiaba de aires. No lo hizo, sin embargo, sin darle al Giant dos victorias más: una en el Tour de Noruega y la última, en el Münsterland Giro. Cerró el año con un par de triunfos que supieron a gloria tras el accidente sufrido tan sólo unos meses atrás.

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Siete meses después del accidente, Degenkolb fue seleccionado para correr el Tour de Francia. © Brake Though

Nuevo año, nuevo equipo. Degenkolb preparó con mimo su primer año con el Trek-Segafredo, que también había fichado Alberto Contador armando un equipo de lujo para la temporada 2017. Tras un invierno tranquilo, Degenkolb comenzó la temporada ganando una etapa del Tour de Dubai. Pintaba bien la cosa para el alemán, que sin embargo no fue capaz de mostrar en los meses posteriores la condición física de antaño. Cuajó una primavera notable, rozando la victoria en un par de etapas en la París-Niza, siendo séptimo en la Milán San-Remo y en el Tour de Flandes, quinto en la Gante-Wevelgem y décimo en la Paris-Roubaix. Aunque estaba a buen nivel, no era el Degenkolb de dos años atrás. Centró la segunda parte de la temporada en el Tour de Francia, donde tuvo que sacrificarse por Contador en más de una ocasión. Pese a no tener un equipo que le ayudara en las llegadas masivas, Degenkolb consiguió ser segundo en una etapa y tercero en otra, aunque en ninguna de las dos tuvo opciones reales de ganar. Tras el Tour, acudió a La Vuelta, pero tuvo que abandonar en la quinta etapa, enfermo. No fue convocado para el Mundial y cerró el año por la puerta de atrás.

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Ni la más dura experiencia que puede sufrir un deportista ha hecho perder a Degenkolb el buen humor y el optimismo con el que afronta todas las carreras. © LB

Degenkolb no había rendido al nivel esperado en 2017. El accidente de Alicante, ya lejano, aún afectaba al rendimiento del alemán. Comenzó la actual temporada en la Challenge de Mallorca igual que la anterior: ganando. Se hizo con la victoria en el Trofeo Campos y en el Trofeo Palma. Apuntaba maneras Degenkolb que, sin embargo, se vino abajo en los meses posteriores. Abandonó en la París-Niza, enfermo, y se perdió la San Remo. En el pavés, su mejor resultado fue un 15º puesto en A Través de Flandes. En la Paris-Roubaix sólo pudo ser 17º. Degenkolb era una sombra de lo que una vez fue. Sin embargo, iba a ser Roubaix, precisamente, la ciudad que le vería renacer tres meses después. En junio, en el Tour de Suiza, llegó a ponerse en duda la presencia de Degenkolb en el Tour de Francia. No fue capaz de meterse en un esprint hasta la penúltima etapa, en la que fue sexto. . Sin embargo, su segunda posición en los campeonatos nacionales de Alemania le otorgó una plaza en el ocho del Trek-Segafredo para el Tour. Lejos de tener un equipo dominador para los esprints, Degenkolb se ha tenido que buscar la vida sólo en las llegadas masivas de la primera semana de la ronda francesa. Pese a ello, con el tercer puesto que firmó ayer había logrado, en total, cinco top ten en las ocho primeras etapas del Tour. Lejos de la victoria, en todo caso, Degenkolb estaba mostrando un nivel aceptable hasta el momento. Hasta hoy.

Hoy, sobre los mismos adoquines que hace tres años le hicieron saborear la gloria, John Degenkolb ha renacido. La novena etapa del Tour de Francia, con quince tramos de pavés, se antojaba mucho más decisiva de lo que ha acabado siendo. Los equipos de los aspirantes a ganar el Tour han priorizado no perder tiempo antes que arriesgar a intentar ganar algo. Por su parte, los especialistas del adoquín han echado en falta más dureza, más kilometraje y, sobre todo, menos conformismo en el pelotón. El más activo, y realmente uno de los pocos que ha jugado al ataque con sus cartas, ha sido el líder del Tour, Greg Van Avermaet. A 17 kilómetros para el final, tras un par de intentos frustrados, Van Avermaet atacó. Yves Lampaert y John Degenkolb se pegaron a la rueda del maillot amarillo y juntos abrieron camino. El ataque había pillado retrasado a Peter Sagan, el gran favorito, y al resto de aspirantes. La victoria de etapa, una vez se acabaron las piedras, era cosa de tres.

Degenkolb entró el primero en el último kilómetro. Era, con diferencia, el más rápido de los tres. Sin embargo, encabezar un esprint puede ser muy peligroso. Si calculas mal la distancia, estás perdido. Nada más lejos de la realidad. Degenkolb manejó los últimos 1000 metros con maestría. Mantuvo la calma y no aceleró hasta los últimos 200. Aunque en un primer momento parecía que Van Avermaet le iba a superar, al belga no le quedó más remedio que aceptar la realidad y resignarse a ser segundo. Degenkolb, sin oposición, se hizo con la victoria más bella de su carrera deportiva y, acto seguido, levantó los brazos y pegó un grito que resonará en las calles de Roubaix por los siglos de los siglos.

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Una imagen vale más que mil palabras. © Bettini Photo

Desconsolado, Degenkolb no paró de llorar durante varios minutos. En la entrevista previa al podio, todavía con lágrimas, reveló que su último invierno había sido de todo menos sencillo. Un amigo al que, en palabras suyas, consideraba su segundo padre, había fallecido en un accidente y la victoria iba para él. «Esto es pura felicidad. Todo el mundo decía que, tras mi accidente, estaba acabado y que nunca volvería. Yo me decía que no, no lo estoy. Tengo que lograr al menos una gran victoria más, por él, por Jörg. Fue una pérdida enorme y estoy muy contento de haber conseguido esta victoria para él. No hay una manera más dramática, más bonita, más fantástica. Estoy totalmente abrumado»

La de Degenkolb es una de esas historias de superación que el ciclismo, el deporte más duro, sacrificado y bello del mundo, nos regala de cuando en cuando. Una historia de fe. Degenkolb es la prueba de que, aunque nadie de un duro por ti, habrá esperanza siempre. Siempre y cuando confíes en ti, claro. Si no, no hay nada que hacer.

Que la disfrutes, John. Te la has ganado.

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Una imagen vale más que mil palabras, segunda parte. © ASO