Hasta siempre, Felice

Leer sobre el adiós de Felice Gimondi es algo que sobrecoge, no solo por el hecho en sí, sino por el gran hueco que se hizo -y que ahora ya no podrá ocupar- en el mundo de las dos ruedas. No era tan mayor. 76 años, casi 77. Debo admitir que hablar sobre él es algo que me sobrepasa un poco. Comentar su palmarés posiblemente daría para un artículo aparte. Existiendo Google, lo veo innecesario.

Digo que me supera hablar de este campeón italiano porque su palmarés no solo es abundante, sino que además brilla por ser de lo más rico y variado. Para mejor y para peor, le tocó coincidir con Merckx, ciclista a quién hemos atribuido grandes rivales a lo largo de su carrera, pero ninguno le “estorbó” tanto como el “Fénix” de Sedrina. Quizás, Gimondi habría sido Eddy Merckx de no haber existido nunca el propio Eddy Merckx. Eso nunca lo sabremos. Pero por ahí podrían andar los tiros.

¿Cómo quedarse con un momento concreto de su carrera deportiva? Es complicado si tenemos en cuenta la variedad de éxitos que acumuló. Así que a mí me gusta optar siempre por uno que destaque por lo anecdótico de la situación, o por la gesta que aquello pudiera suponer en un contexto y momento en concreto. En ese sentido, hay un momento que -a mi parecer- recoge y sirve de símbolo de toda una época de brillantes corredores y grandes momentos.

Para situarnos en contexto, debemos remontarnos al 2 de septiembre de 1973. El lugar, Barcelona, la ciudad Condal. El evento: nada más y nada menos que los mundiales de ciclismo en ruta.

Llegaban Merckx y Ocaña a la cita como los grandes favoritos. El primero había ganado un sinfín de carreras aquella temporada, incluyendo el Giro y La Vuelta. El segundo, ni más ni menos que el Tour.

Ya en carrera, los belgas deciden tomar las riendas de la misma, sabedores de contar con un Caníbal inspirado. El grupo se va reduciendo poco a poco, cada vez más seleccionado, y llegado cierto punto el favorito asume ciertas responsabilidades en primera persona y tira de un pequeño pelotón de ciclistas. Acaban quedándose 4: por un lado, el propio Eddy, junto a su compatriota Maertens, acompañados por Ocaña y Gimondi. Ellos se jugarían la victoria y el resto de medallas.

Maertens es un joven y prometedor corredor de tan solo 21 años. A pesar de ello, lo lógico era prepararle la llegada a su consumado compañero de selección, en el punto culminante de su trayectoria deportiva. Así lo hizo, llegado el momento; lanzó la llegada, dando por hecho que su rueda iba a ser seguida por todos. En realidad, acabó siendo una buena sacudida a un árbol que sostenía unos frutos ya muy maduros. Merckx no fue capaz de relevarle en su entregado y jovial esfuerzo, acusando así su generosa actitud durante toda la jornada. Ocaña también quedó algo fuera de juego, las fuerzas eran ya las justas. Esta escabechina la aprovechó Gimondi para proclamarse campeón en el circuito de Montjuic, poniendo la guinda a un palmarés en el cual ya lucían las 3 grandes vueltas y algún que otro tiro al poste en anteriores campeonatos mundiales.

Las dos imágenes de ese día acabaron siendo la contraposición entre la felicidad de Felice, y las lágrimas de un enrabietado Merckx, quién, a pesar de todo lo logrado, se lamentó profundamente, según palabras suyas, de los tremendos errores de estrategia cometidos por él mismo y el resto de su selección durante aquella jornada.

Volviendo a Gimondi, este triunfo premió con justicia toda una trayectoria hasta la fecha ya muy exitosa. Además, imponerse en aquel escenario ante aquellos corredores tan icónicos de aquel momento parece una buena imagen con la que quedarse para toda la eternidad.

Tras su retirada de la élite deportiva, fue asociado y embajador de la marca Bianchi, aquella que le vio lograr grandes éxitos sobre las dos ruedas, así como antes a su compatriota Coppi. Sobre una Bianchi ganó también otro italiano, Marco Pantani, el Tour de Francia más de 3 décadas después de que lo lograra Felice Gimondi en 1965. Ese abismo de tiempo entre sendos triunfos para el país transalpino no podía sino indicar y señalar un antes y un después en la historia del ciclismo. Dos mundos, dos épocas distintas que en prácticamente ningún aspecto se pueden ya comparar.

Felice Gimondi sonríe tras convertirse en campeón del mundo, escoltado en el podio de Montjuic por dos acompañantes de lujo; plata para el joven Freddy Maertens, y bronce para el conquense Luis Ocaña. En esta deliciosa imagen, tan solo faltaba Eddy Merckx, pero no cabían todos.

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