Llegó el momento de secarse las lágrimas

Ya casi lo tenemos. Ya casi hemos llegado. Ya casi estamos ahí. Tras casi un año de espera, con sus más y sus menos, con sus momentos ciclistas y con los momentos personales de cada uno. Pero ya estamos ahí de nuevo. Vuelven a llegar los días largos y, con ellos, el ansiado verano y, con él, el siempre más que esperado Tour de Francia.

No cabe duda que para los aficionados al ciclismo, el verano es la época del año por excelencia. No importa el calor, ni los agobios, ni los sudores. No los tenemos en cuenta porque están más que compensados. Incluso no nos importa mucho si la carrera tiene momentos que puedan no gustarnos o decepcionarnos. Todo queda perdonado de antemano, porque el Tour de Francia, digan lo que digan, tenga el recorrido que tenga o tenga incluso la participación que tenga, siempre será la carrera más esperada, la más ansiada, la más deseada. En definitiva, la mejor carrera ciclista del calendario, ya sea por espectáculo, por prestigio, por historia, o por lo que queramos que sea.

Está claro que nos lo merecemos. La temporada ciclista llega a este punto del año tras haber tenido claramente sus más y sus menos. La última gran carrera por etapas del calendario, el Giro de Italia, resultó un tanto decepcionante para la mayoría. Muchos ciclistas que eran favoritos al triunfo final fueron abandonando la carrera por diversas causas, o sufrieron más de un infortunio que les sacó de la clasificación general o incluso, directamente, de la lucha por cualquier premio que la carrera ofrecía. Los esperados ataques por parte de los favoritos fueron escasos, incluso nulos en muchas etapas montañosas. A veces había que conformarse con algún tímido ataque en los kilómetros finales de lo que a priori era una etapa diseñada para el espectáculo, llena de dureza alpina o dolomítica.

Sea como fuere, al aficionado le quedó un sabor más que agridulce. Pero todo eso queda ya atrás y lo mejor que se puede hacer es olvidar lo negativo y tratar de recordar los momentos positivos que la carrera ofreció. Porque sí, los hubo.

Ahora estamos en otro punto. En otra fase. Las tradicionales carreras que sirven de preparación, de puesta a punto, de previa o incluso de aperitivo para el Tour de Francia ya se han celebrado en su mayor parte y ya hemos empezado a tener algunas pistas de por dónde podrían ir los tiros a partir del próximo 1 de julio. Aún así, las sorpresas siempre están garantizadas, y es que no siempre se suelen cumplir los pronósticos de la mayoría. Algunos de quienes se cree que son los más fuertes son los primeros en fallar, y a menudo nos llevamos alguna que otra sorpresa positiva por parte de alguien a quien no habíamos tenido en cuenta, ya sea por ser una revelación de la carrera o por ser un ciclista de quien nos atrevimos previamente a enterrar sus opciones. Si no fuera por el factor sorpresa, la carrera se volvería siempre demasiado predecible y carecería de interés, y además los favoritos siempre serían los mismos. Y realmente sabemos que las cosas no funcionan así.

En todo caso, ahí tenemos las cartas de presentación de ciclistas como Roglic, como Pogaçar o como Geraint Thomas tras lo que hemos podido comprobar durante el pasado mes de junio, que nos ha servido para poco a poco ir dejando atrás el sabor rosa primaveral del Giro, para irnos poco a poco acostumbrándonos al amarillo estival.

Por muchos momentos que haya, buenos o no tan buenos, el aficionado siempre está dispuesto a recuperarse y a recobrar cualquier esperanza supuestamente perdida. El aficionado al ciclismo siempre es especial en ese sentido, y es que siempre estará más que dispuesto y con todas las ilusiones depositadas de cara a visualizar una nueva carrera ciclista. De cara a disfrutar de un nuevo espectáculo. Ya sea febrero u octubre. Ya sea una carrera de tres semanas o de una. Ya sea una clásica. Ya sea una carrera prácticamente sin importancia o sin interés dentro del calendario. A veces incluso no importa si el aficionado está ocupado con mil cosas. La pasión le arrastrará, se apoderará de él de forma inexorable y le hará seguir y estar pendiente de la carrera de la forma que haga falta. La pasión le dará una nueva idea, una nueva manera, una nueva vía, una nueva luz para tratar de apañárselas y seguir la carrera que le hace mantener la pasión por alguna cosa.

Ahora llega el mejor momento del año. Empieza el Tour de Francia. Para la mayoría, el 21 de junio empieza el verano que todos conocemos, que acabará a finales de septiembre. Pero para los aficionados al ciclismo, el verano empieza el 1 de julio y claudica el día que los ciclistas llegan a los Campos Elíseos de París.

En este caso, la pasión depositada no hay ni que buscarla porque a uno le sobra por todos los lados. No faltarán los mil y un motivos para ponerse delante de la televisión o del ordenador para seguir el mejor espectáculo del mundo. Porque pase lo que pase en él, nadie duda de que el mejor evento del año se celebra en julio. Y se celebra sobre ruedas. Da igual que algunos trabajemos o tengamos el tiempo un tanto ocupado. Sobra decir que haremos lo posible para sacar el tiempo para ver la carrera cómo sea, cuándo sea y dónde sea. La pasión nos conducirá como si estuviéramos acompañando en bicicleta a nuestros ciclistas favoritos del próximo Tour de Francia.

Puede ser que nos hayamos llevado algunas decepciones. Puede ser que nos hayamos quejado, que nos hayamos enfadado, enrabiado o molestado. Puede incluso que hayamos derramado alguna que otra lágrima. Pero todo eso no importa porque ya queda atrás y de ello hemos aprendido a valorar lo positivo que el ciclismo siempre ha tenido, tiene y seguirá teniendo para siempre. Llegó el momento de secarse las lágrimas tristes para intercambiarlas por lágrimas de alegría y de emoción. Llegó el momento del Tour de Francia. O, mejor dicho, llegó el momento de sentarse en el sofá y empezar a disfrutar como enanos del mejor espectáculo del mundo.

Frotémonos las manos.

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